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Meteoritos, meteoros y aerolitos

Por Javier Felipe Marcet.

 

 Todos, o casi todos, hemos salido a mediados de Agosto para contemplar la famosa lluvia de estrellas de las perseidas. Por cierto que el término “lluvia de estrellas” siempre me ha parecido bastante desafortunado, ya que ni es una lluvia ni es de estrellas; además, llamar al fenómeno en cuestión “lluvia de estrellas” me resulta excesivamente optimista. Las veces que he salido a contemplar las perseidas, no he visto más allá de diez o quince estrellas fugaces en un par de horas, lo que resulta a todas luces una lluvia más bien escasa. “goteo de estrellas” o “chirimiri de estrellas” serían términos más ajustados a la realidad.

 

 

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el caso es que la observación de estrellas fugaces, se puede considerar (salvo para algún que otro urbanita recalcitrante que nunca haya salido de debajo de las farolas) una experiencia bastante común; lo que nos muestra que la interacción de la tierra con objetos de diverso origen y tamaño no es algo anecdótico.

 

Si observamos la superficie de la luna, plagada de cráteres de impacto, nos podemos hacer una idea de cuán frecuentes son estos fenómenos. Si la tierra no tuviera fenómenos atmosféricos y geológicos que la modelasen, su superficie probablemente se asemejaría bastante más a la de la luna. Es la erosión la que borra con el paso de los siglos, los cráteres de impacto más pequeños.

 

Afortunadamente, la bendita atmósfera, nos protege también de los impactos de meteoritos; ya que debido a la fricción y el calentamiento consiguiente, aproximadamente el 95% de la masa del objeto se destruirá; de modo que sólo unos pocos alcanzan la superficie de la tierra. De hecho, según estudios realizados, en una superficie de unos 300.000 kilómetros cuadrados, caen al año aproximadamente 17 meteoritos de un peso inferior a los 100 gramos; dos o tres que rondan el kilogramo, y sólo uno cada dos o tres años que supere los diez kilos. A pesar de ello, a lo largo de la historia de la tierra, se han producido impactos de objetos mucho mayores, algunos de ellos con resultados catastróficos (es lo malo de la estadística. Aunque consuela saber que la probabilidad de un suceso catastrófico es muy pequeña, no deja de inquietar el saber que por poco probable que sea un suceso, siempre ocurrirá si esperamos el tiempo suficiente)

 

Se calcula que hay alrededor de mil asteroides de más de un kilómetro de diámetro cuyas órbitas se cruzan con la de la tierra; y al parecer, uno de ellos impacta con nosotros cada 300.000 años. Meteoritos de más de 10 Km de diámetro, alcanzan la tierra aproximadamente a razón de uno cada 100 millones de años (el cebollazo que extinguió a los dinosaurios, se estima que cayó hace 45 millones de años; así que por ese lado parece que podemos estar relativamente tranquilos)

 

De todas formas, no es por ser agorero, pero no hace falta que un meteorito toque la superficie de la tierra para resultar catastrófico. Una masa de roca y hielo procedente de un cometa, puede, al desintegrarse en la atmósfera, producir una energía de varios megatones y armar un Belén considerable, como quedó demostrado en el caso de Tunguska del que hablaremos más adelante.

 

El interés de los meteoritos, al margen de si existe la posibilidad o no de que nos abollen el cráneo, radica en que su formación data del origen del sistema solar, y que han permanecido prácticamente inalterados hasta nuestros días. Al margen de algún ejemplar recogido en la luna, la única fuente de estudio que tenemos son los propios meteoritos hallados en la Tierra.

La mayor parte de los meteoritos encontrados (alrededor del 93%) son rocosos (condritas o acondritas) el 6% son metálicos (hierro fundamentalmente) y el 1 por ciento restante (los más raros) son híbridos, mezcla de hierro y rocas.

En cuanto a su origen, la inmensa mayoría, son fragmentos de asteroides que salen despedidos en diversas colisiones. Se ha encontrado algún meteorito procedente de la luna o de Marte; y, aunque los cometas son una gran fuente de micrometeoritos, los astrónomos opinan que es muy poco probable que un fragmento procedente de un cometa pueda llegar a alcanzar la superficie de la tierra.

Como hemos dicho, los meteoritos constituyen las rocas más antiguas que los geólogos pueden estudiar dado que estos proceden de fragmentos arrancados en choques entre asteroides; y los asteroides son restos de la formación del sistema solar.

Así es. Durante la formación del sistema solar, varios discos de materia rodeaban al sol. En sucesivas colisiones, dichos discos se imagen_1fueron aglutinando en cuerpos cada vez más grandes, algunos de los cuales alcanzaron el tamaño suficiente para lograr el equilibrio hidróstatico (forma esférica) y la masa necesaria para atraer otros cuerpos menores que, en sucesivas colisiones fueron acrecentando su masa. Con los planetas primitivos o protoplanetas, se produjo entonces un efecto similar al que se produce con una bola de nieve rodando cuesta abajo o con las novias cuando se convierten en esposas: que aumentan de volumen exponencialmente. Así los protoplanetas fueron “limpiando” sus órbitas a medida que incrementaban su masa, hasta que el número de cuerpos menores en órbita fue descendiendo hasta llegar al estado actual con planetas ya formados y (relativamente) muy pocos cuerpos rocosos flotando entre ellos.

Aunque, como ya hemos mencionado anteriormente, el choque de material procedente del espacio con la tierra es incluso frecuente, sólo una porción muy pequeña de estos meteoritos llegan a la tierra, y si de estos restamos los que caen en el mar (la mayor parte, ya que los océanos cubren el 75% de la superficie de nuestro planeta) sólo caerían en tierra firme unos 250 al año, y de estos sólo un porcentaje mínimo se recoge para su estudio (seis al año de media durante el siglo XX)

En cuanto a la identificación de los meteoritos, o cómo se distinguen de las piedras comunes, la característica principal que los diferencia es la corteza de fusión; una capa homogénea que rodea toda la roca y que suele ser de color negro o marrón. Otras pistas indicativas es que parezca pesar demasiado para su volumen, que al raspar la superficie el aspecto interior sea brillante o metálico, o que posea cualidades magnéticas. Si encuentra Vd. una roca lisa, anaranjada y rectangular, lo más probable es que sea un ladrillo.

Lo cierto es que la inmensa mayoría de nosotros, jamás encontraremos un meteorito. Son pese a todo muy esca

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sos; lo cual añade aún más mérito al caso de Anna Hodges; único episodio documentado en el mundo de persona alcanzada por unmeteorito. El caso merece explicarse: Ocurrió en Alabama (EE.UU) el 30 de noviembre de 1954. Estaba la Sra Hodges tranquilam

ente en su dormitorio, cuando una acondrita de 4kg de peso atravesó el tejado de su casa y la golpeó en la cadera tras r

ebotar en su aparato de radio; produciéndole a la señora una grave lesión de cadera, además de jorobarle el transistor. Que te dé un meteorito estando al aire libre ya es difícil, pero dentro de casa, es de ser un cenizo “cum laude”.

Y sin embargo, los meteoritos han acompañado a la humanidad a lo largo de toda su historia.

Se han encontrado objetos prehistóricos como cuchillos y puntas de lanza, tallados en meteoritos. Se cree que los primeros metales que trabajó el hombre, procedían del espacio, ya que se han hallado objetos de hierro anteriores a la época en que los humanos dominaran la extracción de metales.

A pesar de todo, la realidad de los meteoritos, no fue aceptada formalmente hasta el siglo XX. Aún en el siglo diez y nueve, la academia francesa de la ciencia, declaraba que los meteoritos no existían; y el naturalista francés Georges Cuvier explicaba la postura de la academia aclarando que “las piedras no caen del cielo por que en el cielo no hay piedras” ¡Que se lo pregunten a la Sra Hodges!

 

Nuestros ancestros, no sólo hallaban meteoritos, sino que sabían asociarlos con su origen celeste. Los antiguos, relacionaron a los meteoritos más o menos acertadamente con sus “primos” los cometas; y como a estos les atribuyeron propiedades mágicas; divinas o maléficas según el caso.

Sabemos que entre los romanos estaba extendido el culto a una “lapis niger” (piedra negra) que se supone de origen extraterrestre (me refiero en sentido estricto; o sea, de fuera de la tierra, no de hombrecitos verdes)

Aunque está muy poco estudiada (porque a ver quien tiene cataplines de estudiarla) la piedra negra de la Meca, también parece ser de origen meteórico como así atestigua la tradición islámica según la cual el Arcángel San Gabriel se la entregó a Abraham y de éste llegó al profeta quien la colocó en una de las esquinas del edificio cúbico de La Meca. Además, y siempre según la tradición islámica, dicha piedra era en origen blanca y tenía la cualidad de flotar en el agua.

Un meteorito caído en el África oriental, fue rápidamente adoptado como dios por la tribu de los Wanika; hasta que una persistente hambruna, seguida de una masacre por parte de los Massai, convencieron a los Wanika, de que como dios, el susodicho pedrolo dejaba bastante que desear.

Pero el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (nunca mejor dicho) Y así, un meteorito caído sobre Uganda, fue tomado por la población como una medicina enviada por su dios para curar el SIDA. Ignoramos cual sería el modo de empleo de tal medicina, pero de lo que no nos cabe ninguna duda, es que los Ugandeses no debieron tardar mucho en verse tan decepcionados como sus vecinos Wanika por las divinidades pétreas y sus poderes de todo a cien.

Quizás el meteorito más famoso de todos, sea el caído en la remota región siberiana de Tunguska; fenómeno que constituyó un imagen3auténtico misterio durante muchos años. Ocurrió en 1908, cuando testigos de la zona hablaron de un gran resplandor seguido de una explosión de tal magnitud que llegó a ser sentida en Londres. Al investigar la zona, no se encontró ningún cráter de impacto; pero sí árboles arrancados de cuajo en un área de 30 kilómetros y además dispuestos en forma radial a partir de un punto “cero”. La ausencia de cráter, descartaba aparentemente un meteorito como causa del fenómeno; hasta que años después se dio con la solución.

Al parecer, la explosión de Tunguska se debió a la entrada en la atmósfera (y subsiguiente desintegración) de una amalgama de hielo y rocas de unos 60 metros de diámetro (probablemente procedente de un cometa) a una velocidad aproximada de 30 km por segundo. La súbita sublimación del hielo de dicho objeto, provocó una explosión de unos 12 megatones a ocho kilómetros de altitud. El objeto como hemos dicho, no llegó a tocar el suelo (de ahí la ausencia de cráter) pero estudios más recientes realizados en la zona, han revelado la presencia de pequeñas esferas de vidrio y magnetita con núcleos metálicos así como gran número de minúsculos diamantes.

 

A modo de conclusión, diremos que los meteoritos son una rica fuente de estudio del origen del sistema solar; y que pese a que a lo largo de la historia de la tierra se han producido impactos catastróficos, no es algo a lo que debamos temer; además la tecnología actual, debería permitirnos detectar cualquier objeto del tamaño suficiente para resultar catastrófico en órbita de colisión con la tierra; así que los meteoritos han de ser para nosotros, objeto de estudio y de admiración más de de temor; pero por si acaso, como dice la DGT “no olviden el casco”.